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La Chuspa del Diablo / Opinión : Días en Taquile
el 2/7/2008 19:09:34 (906 Lecturas)
La Chuspa del Diablo / Opinión

Días en Taquile

© Christian Reynoso, 2006.

Día uno (13 de abril)

Llegué a la isla Taquile después de tres horas de viaje, en bote, desde el puerto de Puno. Me esperó, aún, para llegar a la cima de la isla, una cansada ascensión de quinientas diez gradas desde el embarcadero, bajo los rayos de sol del medio día y el vendaval de los árboles. Una vez arriba, me dirigí al sector sur, para hospedarme en la casa de Francisco Marca, poblador y posadero de la isla.

Descansé, me cambié de ropa y a las dos en punto de la tarde estuve listo para el almuerzo en un restaurante de la plaza principal, a unos diez minutos de camino de la casa de Francisco. Decidí sentarme en una de las mesas ubicadas en la parte exterior del restaurante. Desde allí, obtenía una hermosa vista del paisaje. El menú incluyó sopa de quinua y pescado con papas fritas. Pedí, además, de forma adicional, trozos de pan para acompañar la sopa y satisfacer mi gusto.

Mientras almorzaba observé, a mi frente, en la explanada de la plaza, a una niña de unos siete años de edad. La reconocí porque vino junto conmigo en la tripulación del bote, vestida con blue jean y zapatillas sport, al estilo ciudad. Ahora, mientras jugaba a la pelota con otras niñas, estaba vestida a la usanza de Taquile: faldita verde de yute, saquito rosado de lana y ojotas de jebe. En seguida me reconoció y me alargó una sonrisa a la que correspondí. Al cabo, todas las niñas desaparecieron, por una de las esquinas de la plaza, corriendo tras la pelota.

Desde mi lugar de almuerzo, divisé a un costado de la plaza, a la única iglesia que existe en la isla, pequeña, de paredes blancas y de construcción vieja. Desde sus interiores escuché las notas de un piano electrónico. El muchacho que me servía el almuerzo me dijo que muchos pobladores devotos estaban practicando la letra y el tono de algunos cánticos religiosos. Más tarde habría rezo de oraciones y cantos de celebración por Semana Santa.

Al concluir el almuerzo decidí quedarme en la mesa un tiempo más. Pedí un café y alisté mi cuaderno de apuntes. Anoté algunas de las ideas que ahora plasmo en este texto. Entre el pensar, el escribir y el observar divisé con gran sorpresa, en medio de la plaza, a una amiga de los años de universidad. Tardamos varios segundos en reconocernos, no nos veíamos hacía años. Se acercó a mi mesa, nos preguntamos que qué hacíamos en la isla y comenzamos una larga charla. Los últimos afanes profesionales, los amigos comunes, el clima, una escueta discusión sobre los estereotipos que identificaban a los llamados grupos de indígenas, nativos, indios, criollos, mestizos, etcétera, quizás llevados un poco por el hecho de sabernos diferentes, respecto a los pobladores de la isla, en cuanto que éramos dos foráneos sin ningún lazo afectivo, íntimo o siquiera amical con alguno de ellos. Por lo demás, como no llegamos a ninguna conclusión compartida, nos decidimos a caminar un poco por los alrededores de la isla, atraídos además, por la música de una danza. Orientándonos por el sonido de donde provenía la música llegamos hasta una escuela, la única de la isla, donde gran cantidad de muchachos y muchachas adolescentes ensayaban una danza folklórica, por el simple gusto de hacerlo, según dijeron. Después de verlos hasta concluir el ensayo, regresamos a la plaza principal. El cielo empezó a oscurecer y nosotros a sentir frío. Fue el momento de despedirnos.

Antes de encaminarme a mi hospedaje, compré algo de comida para prepararme una cena simple. Sucedía que en la noche ninguno de los restaurantes de la isla atendía. Compré entonces, en una tienda, pan, conservas de atún y durazno y café en polvo. Allí me dijeron que cerca de las doce de la noche, en la plaza principal, se reunirían todas las comunidades de la isla, venidas desde los cuatro puntos cardinales, para cantar, escuchar misa y acompañar una procesión. Les dije que si el sueño no me vencía, estaría presente.

Día dos (14 de abril)

Amaneció lloviendo. Desperté sobresaltado y ya sin poder prolongar el sueño, me dediqué a ordenar las anotaciones que había hecho en mi cuaderno de apuntes. Luego, recomencé la lectura de París era una fiesta del viejo Hemingway. No recordaba absolutamente nada de las páginas que había leído la noche anterior, quizá porque mi interés estuvo atraído mucho más por la furiosa tormenta que se desató y el anárquico viento que hizo temblar hasta lo inanimado. Entre el sueño y el no soñar perdí la razón de las horas. Soñé también, en algún momento, y llevado, seguro, por el bálsamo de la furia de la naturaleza, que en la isla se desataba una gran inundación y caos y yo huía a lo más alto de la isla acompañado por Francisco Marca y su esposa, Lucía. Sin duda fue una pesadilla que me hizo recordar las primeras páginas de Abaddón el exterminador de Ernesto Sabato, cuando el borracho Barragán cree ver, en las calles de Buenos Aires, un monstruo rojizo cubriendo el firmamento de la madrugada y echando fuego por las fauces de sus siete cabezas. Todo un cataclismo. Y la lluvia, en Taquile, continúo durante toda la noche.

En el desayuno, dos tortillas de huevo con miel y café, Francisco Marca me contó que a pesar de la fuerte lluvia no se habían cancelado los actos litúrgicos de la noche. En efecto, recordé que había previsto la posibilidad de bajar a la plaza principal para merodear entre las actividades religiosas. Como una excusa, eché la culpa a la tormenta.

Con el correr de la mañana la lluvia se disipó aunque igual hizo frío. El cielo, nublado y gris, opacó el color verde de los campos de sembríos. Por lo demás, apenas se escuchó, a lo lejos, el balar de las ovejas y los silbidos de los pájaros. Así, me decidí a buscar, en los alrededores de la casa, un lugar apacible y cómodo para continuar haciendo anotaciones en mi cuaderno de apuntes. Tuve que resignarme a seguir esa fórmula, escribiendo a mano, ya que el computador portátil que llevé no pudo funcionar por falta de electricidad. La luz solar que se utiliza en la isla a través de un sistema de paneles, no fue suficiente para la energía que requería la PC. De todas maneras, suponiendo eso, previne la situación llevando mi cuaderno de apuntes.

Al medio día bajé a la plaza principal para almorzar y recibir a dos amigos que llegarían a la isla. Sin embargo, después de dos horas de espera y de buscarlos con afán entre los grupos de visitantes que arribaron, me convencí que no habían llegado. Tampoco habían podido hacerlo en otro horario, ya que entre las doce del día y las dos de la tarde era la única hora en que llegaban los visitantes, generándose un gran movimiento en la plaza principal. Quienes llegaban, almorzaban, paseaban, compraban artesanías, se tomaban fotografías, visitaban la iglesia, hasta que el guía les decía que era hora de partir. Al poco tiempo, la plaza principal quedaba casi desierta. Con la demora de buscarlos entre los visitantes, ya no encontré almuerzo en ninguno de los restaurantes. Tuve, entonces, que hablar con el dueño de uno de ellos para que me preparara algo especial. Tras esto llegué a un acuerdo con él, para que en mis días de permanencia en la isla, me guardara el almuerzo para una hora posterior a la llegada de los visitantes. Tuve que adelantarle una parte del dinero que cobraría por su servicio. Sería su comensal permanente.

Esperé el plato especial con atención. Dos grandes tiras de trucha frita con ensalada criolla y papas doradas. Me sentí satisfecho. Pedí, además, una cerveza rubia. De pronto se me acercaron dos muchachos taquileños, amistosos ellos, a preguntarme qué hacía en la isla. Les respondí que había venido de paseo. Al mismo tiempo demostré interés por ellos y comenzamos una amena charla. El más grande se llamaba Juan Huata y era ahijado de Francisco Marca, el dueño de casa donde estaba hospedado. Con un poco más de confianza, curiosos, se interesaron por la cámara fotográfica que llevaba. Me preguntaron su precio y dijeron que les gustaría tener una. Por mi parte, les enseñé su uso y ellos mismos tomaron fotografías. No pudieron ocultar su alegría con aquel conocimiento nuevo.

Después del almuerzo y de despedirme de los dos muchachos vagué por la isla hasta entrada la tarde. Luego regresé a mi hospedaje, me abrigué y esperé la noche para salir a dar un paseo. Esta vez, ninguna tormenta frustraría mis planes. Al igual que ayer, en la plaza principal se realizarían actos litúrgicos por Semana Santa.

En la noche llevé una pequeña linterna para divisar el camino. La luz de la luna apenas iluminaba la isla, y siempre y cuando no fuese tapada por las nubes. En el camino me crucé con muchos pobladores. Sin vernos los rostros nos saludábamos. Cuando llegué a la plaza principal mucha gente esperaba el inicio de la misa. Se entretenían caminando de un lado a otro, o sentados en los alrededores, conversando, masticando hojas de coca o mirando jugar a los niños. Sólo la plaza y el interior de la iglesia estaban iluminados por reflectores suministrados a un grupo electrógeno del municipio. Advertí que la mayoría de taquileños presentes eran muchachos y muchachas en edad casamentera, pero próximos a dejar la soltería. Parecía que aprovechaban el paseo nocturno de la plaza para coquetear unos a otros y entablar las futuras familias de la isla. Sabía que todos eran solteros por las características de su vestimenta, ya que, según la costumbre, establece que los hombres solteros lleven en la cabeza un chullo con una gran franja blanca de tela, que ocupa casi la mitad de la prenda. Los casados, por su parte, lo usan con una serie de símbolos coloridos dispuestos en rayas y filas, sin tener la gran franja blanca. En cuanto a las mujeres, todas llevan un velo negro, desde niñas, jóvenes, hasta adultas y viejas. Las solteras se distinguen porque usan polleras de colores. Las casadas, porque llevan polleras oscuras.

En la plaza me enteré que después de la misa habría cánticos previos a la procesión, y que ésta tomaría la ruta del lado oeste de la isla. Tales eventos durarían hasta la una de la mañana. En la misa reconocí no sólo a pobladores taquileños sino a religiosas de la orden Vicentina que habían llegado de la ciudad para oficiar los actos religiosos. Entre ellas divisé a mi amiga de los años de universidad. En seguida me volteó la mirada.

Después de la procesión y estando de regreso a mi hospedaje escuché, a lo lejos, truenos que delataban que más tarde llovería otra vez. Ya en la casa, me causó sorpresa que Francisco Marca estuviese muy alegre. La razón era porque habían llegado nuevos inquilinos: dos muchachas alemanas. Finalmente, me acosté pensando que al día siguiente despertaría temprano para poder visitar el lado este de la isla donde se encontraba la llamada playa. Un extenso espacio de arena fina a la orilla del lago.

Día tres (15 de abril)

El plan de ir a la playa quedó truncado por una fuerte lluvia. Por consiguiente decidí quedarme a leer, aunque el frío, penetrante, tampoco lo permitió, de modo que sólo atiné a abrigarme y a sentarme a ver el paisaje de la isla, verdoso, con olor a tierra mojada, a bosque vespertino. Observé que, no obstante la lluvia, el trabajo de los pobladores y pobladoras de la isla no cesaba. Caminaban por los infinitos caminos de la isla tan sólo guarecidos por sus chullos y velos. Iban y venían de un lugar a otro cumpliendo con sus actividades diarias.

Recién al medio día la lluvia calmó y salió un poco de sol. Bajé a almorzar y a ver, si esta vez, sí llegaban mis amigos, pero tampoco hubo rastro de ellos. Decidí, entonces, no preocuparme más. Después del almuerzo y con los nacientes rayos de sol decidí ir a la playa para no quedarme sin cumplir tal deseo. Desde la plaza principal hice una caminata de una hora sin poder llegar aún a la zona de la playa. Hice cálculos y deduje que aún se necesitaba una hora más de caminata y que, con el regreso, serían por lo menos tres horas más. Con ello me desanimé y emprendí el retorno. Una vez más mi deseo de llegar a la playa se frustró. En el camino de regreso se me unió, en uno de los cruces de los caminos, un taquileño que iba a la plaza principal. A gusto de acompañarnos en el recorrido empezamos a conversar.

Hablamos del proceso electoral que se había llevado a cabo en el país el nueve de abril. Me dijo que la mayoría de los pobladores de la isla habían votado para el Presidente de la República por la candidata Martha Chávez del partido político afín a Alberto Fujimori, el ex Presidente prófugo del Perú, acusado de actos de corrupción y de violación a los derechos humanos. ¿La razón?, le pregunté. Que en toda la historia de la isla, Fujimori había sido el único Presidente del Perú que llegó hasta allí, vía helicóptero, para atender sus pedidos.

Al llegar a la plaza principal nos despedimos. Allí, aproveché para sentarme a descansar. Mientras lo hice, observé a una mujer que sentada frente a un cúmulo de cosas, movía los brazos de un lado a otro. Sin duda no era del lugar. En efecto, al acercarme a ella constaté que era una vendedora de baratijas llegada a la isla para satisfacción de los taquileños. Ofertaba, entre sus productos, lanas de colores, agujas de cocer, perfumes, shampoo, frutas, porciones de hoja de coca, pan y otros enseres. A su alrededor, los isleños le compraban una y otra cosa, entusiasmados.

Aproveché yo también para comprar una crema. La caminata que había hecho, sin utilizar un sombrero, me dejó la cara insolada. Con mucha suerte la crema me libró del ardor que sentía y en la noche dormí como un lirón. Ni siquiera me percaté de la ceremonia de pago a la tierra que Francisco Marca hizo en beneplácito y pedido de las muchachas alemanas.

Día cuatro (16 de abril)

A las dos de la tarde zarpó el bote en el que regresé a la ciudad. Por la mañana releí las anotaciones que había hecho en mi cuaderno de apuntes, desechando algunas y conservando otras. Terminé también la lectura de París era una fiesta. Para el medio día alisté mis cosas, me despedí de Francisco Marca y Lucía, y bajé a la plaza principal para mi último almuerzo en la isla. Al llegar, el dueño del restaurante se disculpó porque no había guardado el almuerzo pactado. Que el número de los visitantes había aumentando ese día y que ni siquiera, pudo guardar comida para él y su familia.

Salí a buscar otro restaurante. Con suerte encontré uno en el que ofrecían sus últimos platos a la carta. Sin preocuparme de qué platos serían me senté en una de las mesas. Al momento vino a atenderme una muchacha. A juzgar por su vestimenta era soltera. Puso los cubiertos sobre la mesa y trajo la sopa. Le pedí pan y cumplió mi solicitud sin demora. Mientras hizo todo eso, me quedé observándola. Pensé que debía tener unos dieciséis años. No parecía tan tímida como el resto de mujeres de la isla. O al menos, no se sentía intimidada con la presencia de los forasteros. Tenía el cabello negro y largo. Llevaba un saquito celeste, una pollera verde y ojotas. No tenía el velo de costumbre por su labor de atender en el restaurante. Observé también sus pantorrillas y la parte desnuda de sus piernas, fuertes, carnosas, canelas y luego, sus pequeños y turgentes pechos. Pero lo más llamativo era su rostro, casi redondo y de facciones delicadas, que albergaba una sonrisa risueña. Entonces la observé con más detenimiento y descubrí que el alma de su inocencia era su nariz respingada, que como la pieza de un rompecabezas encajaba perfectamente en la redondez de su rostro. Fue ahí que se dio cuenta que la estaba observando y riéndose se dirigió a la cocina a decirle algo en el oído al cocinero.

Terminé de almorzar y emprendí el descenso de las quinientas diez gradas hasta llegar al embarcadero. En la bajada me crucé con un extranjero que iba de subida. Llevaba en sus espaldas un balón de oxígeno. Me pareció algo inusual. En fin. El bote partió a la hora exacta. Advertí que muchos de los que regresaban eran rostros conocidos. Esto, porque durante mi estancia en la isla los había visto por la plaza principal o en los restaurantes, vestidos con sus ropas tradicionales de la isla. Sin embargo, ahora llevaban ropas de ciudad. Me dijeron que cada fin de semana regresaban a Puno para continuar con sus estudios en institutos y universidades o para cumplir con responsabilidades laborales, hasta esperar el viernes y mudarse de ropas y volver a la isla.

Llegué a Puno en medio de una feroz granizada. Al bajar del bote fui recibido con el calor que sólo un beso procura en medio de la lluvia. En seguida, fui abrigado con una chalina ploma que calentó mi corazón de abril.

Fin.

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