Por: Aldo Santos
Con máscara o sin ella, nativo o foráneo, ángel o diablo; la fiesta ha llegado para envolvernos en una vorágine de acontecimientos surreales, propio de aquellos parajes que proclaman “Dios ha muerto”. Dejar de ser quienes fuimos, hablar en lenguajes lejanos y extraños, vestir de colores, saltar como diablo o rezar un milagro cual beato piadoso.
La maldición bíblica de Babel ha revivido para convertirnos en chinas, diablos, caporales, morenos, cholas, achachis y sikuris que confundidos entre nosotros dejamos que el cuerpo operé casi sin consentimiento de la razón; mientras el sonido de bombos, trompetas y zampoñas atiza nuestras emociones, difuminando el calmado paisaje lacustre que se resiste a la quietud.
Puno es tomado por la celebración, las calles se inundan de seres insólitos y una catarsis colectiva fluye por cada uno de nosotros que desinhibidos nos dejamos llevar por devoción o simplemente por hacerlo. Febrero es fiesta, es locura a la vez, una suerte de tiempo que cobra sentido en un solo espacio, a orillas del lago, cerquita del cielo; tan cerca y tan lejos de Dios.